* Por Guillermo Rosas ss.cc.
Todos condenan el trato y destrucción de un crucifijo el día de la marcha estudiantil. Se lo llama profanación, falta de respeto, vandalismo. Y así es. Así es, si se analiza la acción objetiva.
Pero ¿qué pasa en quienes la han perpetrado? ¿Quiénes son, qué pretendían? Si se reflexiona sobre su intención o voluntad, la cosa no es tan clara. De partida porque están encapuchados. No quieren ser reconocidos. No dan la cara, no se hacen responsables de sus actos. Quieren actuar anónimos. Luego, porque probablemente no son católicos, ni cristianos, ni creyentes de religión alguna. Les falta el sentido de Dios, de lo sagrado. Patear un crucifijo es para ellos como patear una bandera, o cualquier monumento de un prócer. Solo se dan cuenta de que la Iglesia, el crucifijo, representan algo hostil para ellos, un poder que es parte de la sociedad que tal vez ha frustrado sus sueños, que los ha hecho marginales. Luego, porque están fuera de sí, sea por ideologías que, instrumentalizando su marginalidad, los han entrenado más que formado, sea por la ingesta de alcohol u otras drogas. Más que una intención de profanación, me parece que hay en ellos un grito, una acción desesperada por ocupar un espacio que la sociedad les ha negado. El extremo al que llegan es el extremo al que ha llegado nuestra sociedad chilena.
